Staff MT
26-nov-2007, 17:43
Qué desmadre, Mundo; todo, o futbolero, pelotas
y patas, se jerarquiza hasta la cresta
del Aconagua: ¿metáfora
de patear por patear, o exhibición
del cuero del Testículo
en el césped hinchado así: Mayúsculo: que eyacula y
hace eyacular
estadios enteros y salpica
retórica y grasa por
satélite en
los idiomas todos; el maya,
el estrusco incluso?
Pensar
que hubo toreros, gladiadoresen
la apuesta, y el ritmo.
Píndaro
hubiera llorado
Sí, tal como lo indican estos últimos versos del chileno oceánico Gonzalo Rojas, si Píndaro (el gran poeta griego autor de las Olímpicas) hubiera tenido oportunidad de ver algunos de los encuentros que se llevan a cabo dentro del (por decir lo menos) singular sistema de competencia de nuestra Liguilla, hubiera llorado. Y es que aún cuando a la Liguilla se le siga etiquetando mercadológicamente como la "fiesta grande del futbol mexicano", aún cuando ocasionalmente sigamos presenciando golazos, así como encuentros emotivos y bien jugados, es un hecho que la nuestra es una fiesta intensa pero extraña e injusta.
Una fiesta orgiástica y repleta de incertidumbre donde (con algo de suerte) todo es posible; sobre todo durante los tibios partidos dominicales, en los que los goles, alaridos y gritos afortunados de un equipo de media tabla pueden llevarlo en cuestión de minutos a rozar la gloria del espectáculo.
A pesar de su injusticia deportiva, estos domingos fútiles y tristes de césped hinchado (domingos futboleros de tiempo lento que luego pasan a engrosar las frías memorias estadísticas), son, para los millones de fanáticos desilusionados por el fracaso de sus equipos, un buen día para la melancólica introspección.
Antonio del Toro expresó muy bien esta desoladora experiencia dominguera en el siguiente poema publicado hace exactamente 10 años:
Me siento solo como un dedo al que le faltara la mano.
El domingo es un híbrido, un animal con pies
de sábado y cabeza de lunes,
tierra de nadie que respira aburrimiento, comidas
familiares.
Es un juego de cartas donde no se arriesga, música
con sordina, sobremesa.
El domingo es anacrónico, corre despacio por miedo
al despeñadero,
al infarto del lunes, al infierno: en el domingo
los audaces se juegan más que la semana.
El domingo es un día por decreto oficial, un falso día.
El domingo amanece tarde y anochece temprano, es un
crepúsculo precoz, entre paredes, pesado.
Frente a lo que mucha gente estereotipadamente "piensa" respecto a la poesía (que se trata de algo estúpido, ornamental y cursi, cuando no de un lenguaje adulcorado apto para niñas adolescentes y maricones enamorados), la capacidad expresiva y cognitiva de los poemas fortifica, abisma y nutre. Y es que los poetas, al igual que los cantantes expresan algo personal e intrasferible. ¿Por qué? Debido a que los poemas, en tanto obras de arte literaria, son un tipo de mensaje especial cuya esencia semiótica está determinada por el lenguaje con el cual están construidos: el lenguaje simbólico-metafórico.
A diferencia de lenguaje referencial con el que está construido el discurso de la ciencia y el periodismo (un lenguaje que apela a la verdad, a lo lógico, a lo evidente, a lo unívoco, lo comprobable y lo tangible), el lenguaje poético va más allá de lo real y apela al misterio y lo trascendente, por ello puede hablar de los contarios simultáneamente: de la unidad y la fractura, de la presencia y la ausencia, del gozo y la tristeza, de la realidad y el deseo.
El lenguaje poético no es lenguaje instrumental, no es lenguaje científico ni lenguaje filosófico; es lenguaje artístico que sirve para decir la experiencia emotiva del hombre en el mundo. Y de ahí el hecho de que el poeta no trata, como los hace el filósofo, el científico o el periodista, de afilar y determinar las palabras para convertirlas en conceptos del mayor rigor y precisión posibles, sino que edifica versos para trastocar, para transgredir el lenguaje cotidiano para llegar (como dijo Agustín Basave) a una metafísica del sentimiento: "el poeta usa la palabra para crear su propio lenguaje porque, de no ser así, no saldría del mundo de lo inefable.
Las palabras poéticas quisieran ser virginales, fuera del lenguaje gastado, común, de todos y de nadie. El poeta quiere revelar algo que solamente él experimenta, algo que la palabra en su forma universal es insuficiente para revelar, algo que le obliga a trastocar los términos tópicos, comunales, mostrencos. Por eso echa mano, necesariamente, de la "metáfora".
No es poco lo que nos ofrece la poesía. Y tampoco, por su puesto, lo es todo. Como todo lo humano, la poesía es algo limitado, finito, pero suficiente (y en esto radica su particularidad) para atisbar lo ilimitado, lo infinito. Edificado con materiales verbales sonoros y gráficos singulares, por lo que estéticamente genera y por lo que en términos epistémicos permite vislumbrar y comprender, con el transcurrir de los siglos el fenómeno poético se ha constituido en una de las dimensiones/experiencias más enriquecedoras, indispensables y valiosas para los hablantes/habitantes de cualquier lengua.
En el caso específico de México, desde por lo menos la última parte del Siglo XIX resulta evidente que la producción del fenómeno poético es una de las actividades más recurrentes y sistemáticas dentro de lo que desde hace unos años se identifica como el campo cultural especializado de la literatura. Se trata de un campo, el nacional, donde la fertilidad en materia de producción poética, más allá de los inevitables altibajos, ha sido una sombra prospera y permanente.
No cabe duda: en un periodo que va de las dos últimas décadas del siglo XIX hasta nuestros días, las publicaciones individuales, las antologías, los grupos, las revistas, las tendencias y los movimientos provocados alrededor de estos materiales verbales a los que llamamos poemas, afortunadamente se cuentan por cientos, quizá por miles.
Entre los miles poemas que se han publicado en México, en relación al futbol (tan ninguneado por los artistas) destaca la creación de Antonio del Toro (autor de varios libros, entre los que destaca el poemario de los "Días descalzos"): un poeta mexicano melancólico y lúdico, un poeta que en su obra explora los objetos citadinos (los cables, los postes, las calles), pero sobre todo las temáticas del juego y la infancia. Como bien lo demuestra en el siguiente poema titulado BALÓN:
Más que la pelota
que parte de la mano
que maravilla el balón
que sale del sueño disparado.
Todos los vimos atravesar
el ángulo preciso y cruzar el espacio.
Nunca ni el globo, ni el avión,
ni el pájaro o la flecha
partirán tan llenos de milagro.
Todavía lo siento en el pie:
ya está entre esas redes.
Para leer toda la columna ve a la seccion de columistas
y patas, se jerarquiza hasta la cresta
del Aconagua: ¿metáfora
de patear por patear, o exhibición
del cuero del Testículo
en el césped hinchado así: Mayúsculo: que eyacula y
hace eyacular
estadios enteros y salpica
retórica y grasa por
satélite en
los idiomas todos; el maya,
el estrusco incluso?
Pensar
que hubo toreros, gladiadoresen
la apuesta, y el ritmo.
Píndaro
hubiera llorado
Sí, tal como lo indican estos últimos versos del chileno oceánico Gonzalo Rojas, si Píndaro (el gran poeta griego autor de las Olímpicas) hubiera tenido oportunidad de ver algunos de los encuentros que se llevan a cabo dentro del (por decir lo menos) singular sistema de competencia de nuestra Liguilla, hubiera llorado. Y es que aún cuando a la Liguilla se le siga etiquetando mercadológicamente como la "fiesta grande del futbol mexicano", aún cuando ocasionalmente sigamos presenciando golazos, así como encuentros emotivos y bien jugados, es un hecho que la nuestra es una fiesta intensa pero extraña e injusta.
Una fiesta orgiástica y repleta de incertidumbre donde (con algo de suerte) todo es posible; sobre todo durante los tibios partidos dominicales, en los que los goles, alaridos y gritos afortunados de un equipo de media tabla pueden llevarlo en cuestión de minutos a rozar la gloria del espectáculo.
A pesar de su injusticia deportiva, estos domingos fútiles y tristes de césped hinchado (domingos futboleros de tiempo lento que luego pasan a engrosar las frías memorias estadísticas), son, para los millones de fanáticos desilusionados por el fracaso de sus equipos, un buen día para la melancólica introspección.
Antonio del Toro expresó muy bien esta desoladora experiencia dominguera en el siguiente poema publicado hace exactamente 10 años:
Me siento solo como un dedo al que le faltara la mano.
El domingo es un híbrido, un animal con pies
de sábado y cabeza de lunes,
tierra de nadie que respira aburrimiento, comidas
familiares.
Es un juego de cartas donde no se arriesga, música
con sordina, sobremesa.
El domingo es anacrónico, corre despacio por miedo
al despeñadero,
al infarto del lunes, al infierno: en el domingo
los audaces se juegan más que la semana.
El domingo es un día por decreto oficial, un falso día.
El domingo amanece tarde y anochece temprano, es un
crepúsculo precoz, entre paredes, pesado.
Frente a lo que mucha gente estereotipadamente "piensa" respecto a la poesía (que se trata de algo estúpido, ornamental y cursi, cuando no de un lenguaje adulcorado apto para niñas adolescentes y maricones enamorados), la capacidad expresiva y cognitiva de los poemas fortifica, abisma y nutre. Y es que los poetas, al igual que los cantantes expresan algo personal e intrasferible. ¿Por qué? Debido a que los poemas, en tanto obras de arte literaria, son un tipo de mensaje especial cuya esencia semiótica está determinada por el lenguaje con el cual están construidos: el lenguaje simbólico-metafórico.
A diferencia de lenguaje referencial con el que está construido el discurso de la ciencia y el periodismo (un lenguaje que apela a la verdad, a lo lógico, a lo evidente, a lo unívoco, lo comprobable y lo tangible), el lenguaje poético va más allá de lo real y apela al misterio y lo trascendente, por ello puede hablar de los contarios simultáneamente: de la unidad y la fractura, de la presencia y la ausencia, del gozo y la tristeza, de la realidad y el deseo.
El lenguaje poético no es lenguaje instrumental, no es lenguaje científico ni lenguaje filosófico; es lenguaje artístico que sirve para decir la experiencia emotiva del hombre en el mundo. Y de ahí el hecho de que el poeta no trata, como los hace el filósofo, el científico o el periodista, de afilar y determinar las palabras para convertirlas en conceptos del mayor rigor y precisión posibles, sino que edifica versos para trastocar, para transgredir el lenguaje cotidiano para llegar (como dijo Agustín Basave) a una metafísica del sentimiento: "el poeta usa la palabra para crear su propio lenguaje porque, de no ser así, no saldría del mundo de lo inefable.
Las palabras poéticas quisieran ser virginales, fuera del lenguaje gastado, común, de todos y de nadie. El poeta quiere revelar algo que solamente él experimenta, algo que la palabra en su forma universal es insuficiente para revelar, algo que le obliga a trastocar los términos tópicos, comunales, mostrencos. Por eso echa mano, necesariamente, de la "metáfora".
No es poco lo que nos ofrece la poesía. Y tampoco, por su puesto, lo es todo. Como todo lo humano, la poesía es algo limitado, finito, pero suficiente (y en esto radica su particularidad) para atisbar lo ilimitado, lo infinito. Edificado con materiales verbales sonoros y gráficos singulares, por lo que estéticamente genera y por lo que en términos epistémicos permite vislumbrar y comprender, con el transcurrir de los siglos el fenómeno poético se ha constituido en una de las dimensiones/experiencias más enriquecedoras, indispensables y valiosas para los hablantes/habitantes de cualquier lengua.
En el caso específico de México, desde por lo menos la última parte del Siglo XIX resulta evidente que la producción del fenómeno poético es una de las actividades más recurrentes y sistemáticas dentro de lo que desde hace unos años se identifica como el campo cultural especializado de la literatura. Se trata de un campo, el nacional, donde la fertilidad en materia de producción poética, más allá de los inevitables altibajos, ha sido una sombra prospera y permanente.
No cabe duda: en un periodo que va de las dos últimas décadas del siglo XIX hasta nuestros días, las publicaciones individuales, las antologías, los grupos, las revistas, las tendencias y los movimientos provocados alrededor de estos materiales verbales a los que llamamos poemas, afortunadamente se cuentan por cientos, quizá por miles.
Entre los miles poemas que se han publicado en México, en relación al futbol (tan ninguneado por los artistas) destaca la creación de Antonio del Toro (autor de varios libros, entre los que destaca el poemario de los "Días descalzos"): un poeta mexicano melancólico y lúdico, un poeta que en su obra explora los objetos citadinos (los cables, los postes, las calles), pero sobre todo las temáticas del juego y la infancia. Como bien lo demuestra en el siguiente poema titulado BALÓN:
Más que la pelota
que parte de la mano
que maravilla el balón
que sale del sueño disparado.
Todos los vimos atravesar
el ángulo preciso y cruzar el espacio.
Nunca ni el globo, ni el avión,
ni el pájaro o la flecha
partirán tan llenos de milagro.
Todavía lo siento en el pie:
ya está entre esas redes.
Para leer toda la columna ve a la seccion de columistas