Staff MT
24-sep-2007, 11:00
Regresó, como cada otoño, la Champions League, un mundo de leyenda que, al menos a mí, se me ha metido en el corazón gracias a sus inconfundibles sonidos. Nada suena igual en el mundo del futbol. Es por sus fanfarrias, por sus cantos, por sus himnos, por sus coros, que la Liga de Campeones es un universo alterno, una dimensión extrema.
Aquí todo suena a gesta heroica, como si se tratase de una gran película de época. Y son sus sonidos los que han anclado a mi memoria las dos finales de Champions League que he tenidola oportunidad de vivir como testigo presencial y que jamás olvidaré: la de Estambul, en el 2005, con el gigantesco coro inglés entonando el "You´ll never walk alone" como canto de salvación ante la amenaza del Milan; y la del 2006 en París, con el viejo himno del Barcelona, "Tot el camp / es un clam / som la gent Blau Grana." sonando en las tribunas del Stade de France.
Creo firmemente que es el sonido, la música en particular, la que nos hace creer que la magia existe, que los sueños son posibles, que los héroes viven todavía en algún lugar de la tierra, en el país de las hazañas, quizás, y que existen aun, corriendo por ahí, hombres y mujeres tocados por los dioses. El ojo es el que registra la proeza, pero ante lo inaudito siempre es necesaria una confirmación, una prueba alterna que ratifique el acto, y esa validación definitiva nos la da el oído.
Es el sonido, una voz, tal vez; el clamor de un estadio, el grito del atleta, el canto de la narración, una gran obra musical, un himno olímpico, el que nos advierte que estamos en presencia de la magia. Y si los aromas nos conectan directamente a la memoria, también es cierto que la música está estrechamente relacionada con nuestro estado de ánimo; de hecho es el sonido el que crea emociones, el que dinamita en nuestro corazón un festival de sensaciones.
Las grandes historias que hemos visto en el cine jamás nos hubieran estremecido sin la banda sonora que las acompaña, y las gestas deportivas que han llenado nuestros ojos nunca hubieran alcanzado la perennidad de no haber sido ligadas a un tema musical que completara la experiencia.
Por ejemplo, Italia 1990 vive todavía en mí gracias a "Un estate italiana", aquella festiva canción interpretada por Gianna Nannini y Edoardo Bennato, la cual decía, entre otras cosas que aquel verano del 90 "el mundo se subiría a un carrusel de colores".
Barcelona 92 habita todavía un rincón de mi memoria gracias a las voces de Freddy Mercury y Montserrat Cavallé unidas a aquel espectacular tema "Barcelona"; o a Sarah Brightman y José Carreras entonando "Amigos para Siempre" en aquella nostálgica ceremonia de clausura en Montjuic. La bahía de Sydney centellea en mi memoria gracias al poderoso tema "The Flame" cantado por Tina Arena, y las noches siguen siendo olímpicas cuando recuerdo la extraordinaria voz de Vanesa Amorosi cantando "Los Héroes son para siempre" en la ceremonia de inauguración de los Juegosdel 2000.
Los Olímpicos de Invierno de Torino 2006, se estarán eternamenteligados a Luciano Pavarotti y su inigualable interpretación de "Nessum Dorma", así como otro puñado de momentos deportivos, épicos, humanos, que me gusta pensar, fueron sólo para mis ojos, o mejor dicho, sólo para mis oídos.
Lo mismo me pasa cada año, en fechas de otoño como estas, cuando luego de cuatro meses de contención, mis oídos reciben la señal de que la magia está de regreso, y vuelvo a escuchar esas notas que George Friedrich Handel compuso en 1727, "Zadok, the Priest", como un himno para la coronación del Rey Jorge II de la Gran Bretaña, y que hoy millones de personas las conocen simplemente como el himno de la Champions League, gracias al extraordinario arreglo que hizo Tony Britten. Ese coro monumental, esos compases inconfundibles, constituyen la combinación secreta que abre para mí un mundo fantástico, una dimensión alterna habitada por héroes, matizada por hazañas y que vivirá siempre, inmortal, en mi memoria.
Aquí todo suena a gesta heroica, como si se tratase de una gran película de época. Y son sus sonidos los que han anclado a mi memoria las dos finales de Champions League que he tenidola oportunidad de vivir como testigo presencial y que jamás olvidaré: la de Estambul, en el 2005, con el gigantesco coro inglés entonando el "You´ll never walk alone" como canto de salvación ante la amenaza del Milan; y la del 2006 en París, con el viejo himno del Barcelona, "Tot el camp / es un clam / som la gent Blau Grana." sonando en las tribunas del Stade de France.
Creo firmemente que es el sonido, la música en particular, la que nos hace creer que la magia existe, que los sueños son posibles, que los héroes viven todavía en algún lugar de la tierra, en el país de las hazañas, quizás, y que existen aun, corriendo por ahí, hombres y mujeres tocados por los dioses. El ojo es el que registra la proeza, pero ante lo inaudito siempre es necesaria una confirmación, una prueba alterna que ratifique el acto, y esa validación definitiva nos la da el oído.
Es el sonido, una voz, tal vez; el clamor de un estadio, el grito del atleta, el canto de la narración, una gran obra musical, un himno olímpico, el que nos advierte que estamos en presencia de la magia. Y si los aromas nos conectan directamente a la memoria, también es cierto que la música está estrechamente relacionada con nuestro estado de ánimo; de hecho es el sonido el que crea emociones, el que dinamita en nuestro corazón un festival de sensaciones.
Las grandes historias que hemos visto en el cine jamás nos hubieran estremecido sin la banda sonora que las acompaña, y las gestas deportivas que han llenado nuestros ojos nunca hubieran alcanzado la perennidad de no haber sido ligadas a un tema musical que completara la experiencia.
Por ejemplo, Italia 1990 vive todavía en mí gracias a "Un estate italiana", aquella festiva canción interpretada por Gianna Nannini y Edoardo Bennato, la cual decía, entre otras cosas que aquel verano del 90 "el mundo se subiría a un carrusel de colores".
Barcelona 92 habita todavía un rincón de mi memoria gracias a las voces de Freddy Mercury y Montserrat Cavallé unidas a aquel espectacular tema "Barcelona"; o a Sarah Brightman y José Carreras entonando "Amigos para Siempre" en aquella nostálgica ceremonia de clausura en Montjuic. La bahía de Sydney centellea en mi memoria gracias al poderoso tema "The Flame" cantado por Tina Arena, y las noches siguen siendo olímpicas cuando recuerdo la extraordinaria voz de Vanesa Amorosi cantando "Los Héroes son para siempre" en la ceremonia de inauguración de los Juegosdel 2000.
Los Olímpicos de Invierno de Torino 2006, se estarán eternamenteligados a Luciano Pavarotti y su inigualable interpretación de "Nessum Dorma", así como otro puñado de momentos deportivos, épicos, humanos, que me gusta pensar, fueron sólo para mis ojos, o mejor dicho, sólo para mis oídos.
Lo mismo me pasa cada año, en fechas de otoño como estas, cuando luego de cuatro meses de contención, mis oídos reciben la señal de que la magia está de regreso, y vuelvo a escuchar esas notas que George Friedrich Handel compuso en 1727, "Zadok, the Priest", como un himno para la coronación del Rey Jorge II de la Gran Bretaña, y que hoy millones de personas las conocen simplemente como el himno de la Champions League, gracias al extraordinario arreglo que hizo Tony Britten. Ese coro monumental, esos compases inconfundibles, constituyen la combinación secreta que abre para mí un mundo fantástico, una dimensión alterna habitada por héroes, matizada por hazañas y que vivirá siempre, inmortal, en mi memoria.