Staff MT
13-may-2007, 14:15
¿Tienen que ver los marcos económicos, políticos, jurídicos y culturales (los mundos concretos) en los que se llevan a cabo los torneos continentales inter-clubes (esos mundos subyacentes) con la calidad del espectáculo que brindan sus equipos?, ¿tienen que ver las formas en que en cada zona geográfica los ciudadanos se apegan y relacionan con la ley con la manera en que contienden futbolísticamente sus clubes?, ¿tienen que ver las culturas políticas de las regiones y continentes con la eficacia organizativa de las competiciones? Por su puesto que sí. Ejemplos que confirmen esta teoría hay muchos (Platini y Leoz son las dos caras de esta moneda). Sin embargo la "Ley Bosman" y el "Efecto Shakira" son dos buenas evidencias de ello: Bosman sintetiza el espíritu de una UEFA legalista y Shakira la discrecionalidad caciquil de una Libertadores/CONMEBOL víctima del capricho.
El caso del jugador belga Jean-Marc Bosman es muy conocido, pues a pesar de la modestia de su talento futbolístico, auxiliado por la justicia de las leyes laborales europeas logró en 1995 (y no sin pasar por los tribunales) conquistar para cientos de jugadores comunitarios la libertad frente a sus equipos. Con lo cual se demostró hasta qué punto en la "nueva" Europa los futbolistas profesionales en tanto ciudadanos miembros de la CE y las federaciones en tanto entidades públicas deben hacer valer de manera irrestricta todos los reglamentos que buscan proteger y otorgar justicia a los trabajadores. En las condiciones actuales de nuestra empobrecida América Latina una conquista laboral como esta por parte de los futbolistas es inimaginable. Sobre todo en tiempos neoliberales y de adelgazamiento estatal donde por revanchas consulares los países de nuestro continente, fragmentando paulatinamente a los habitantes, limitan hasta el absurdo la libertad de tránsito y de paso nos obligan al uso de caros y burocráticos pasaportes.
El caso del cambio de última hora en el estadio Víctoria de Aguascalientes (el "Efecto Skakira"), donde por un concierto de las caderas más globalizadas de Colombia el Gobernador del Estado obligó al Necaxa a regresar el pasado jueves al Estadio Azteca, no podía ser más sintomático. Se trató de un cambio quizá menor acontecido en etapa de Octavos, pero de que todas formas es una gran muestra del surrealismo (a lo García Márquez) que todos los días palpita al interior de la Libertadores. Una Copa en donde la dupla entre una cantante pop y un Gobernador no sólo pueden modificar sobre la marcha un plan de trabajo, sino donde la falta de respeto al público aficionado es una rutina de dueños y directivos. Una Copa donde los equipos mexicanos para fortuna del espectáculo han aceptado participar a costa de la injusticia y la inequidad en las condiciones de juego: con sorteos traicioneros, calendarios suicidas, grandes viajes aéreos, equipos que a falta del don de la ubicuidad periódicamente se tienen que clonar, directivos que practican el deporte de inventar obstáculos o árbitros que debajo de la máscara de la neutralidad esconden sus fieles adscripciones nacionalistas.
No cabe duda: la Champions y la Libertadores son mundos sbyacentes cuya singularidad no depende sólo de que ambos se erigen entre martes y jueves. En la Champions, con la majestuosidad de su estructura organizacional, con la verticalidad de su juego, el empuje de sus estrellas, la pasión de sus aficionados, la historia de sus clubes, el apego irrestricto a sus reglas, su maravillosa página web y los estadios iluminados hasta el éxtasis, asistimos a la confección de un show comercial de factura global que no sólo cumple funciones de entretenimiento sino también funciones cívicas coincidentes con las metas políticas, culturales y económicas de la Comunidad Europea. En cambio en la Libertadores, con la garra inocultable de sus encuentro, con la pericia de muchos de sus jugadores, con el encono nacionalista de sus enfrentamientos históricos, con el coraje verbal de sus narradores y la exigencia martirológica de sus periodistas, con sus disparejos estadios, con el canto apasionado de sus barras, con la desigualdad económica de sus equipos, con la conducta anti-bolivariana de sus federativos y directivos, con la comercialización y secuestro automovilístico de su bello nombre, asistimos a un show espectacular, alegre y atractivo que de-porta, libera y por momentos ayuda a millones de personas que viven al sur de Río Bravo a olvidar la trágica situación económica y política en la que estamos entrampados la mayoría de los latinoamericanos. Un mundo subyacente éste que alivia en el plano psíquico y que hace florecer la fiebre de las identidades pero que no instruye cívicamente ni empuja a nuestro sub continente a edificarse un horizonte mejor. Un mundo raro.
El caso del jugador belga Jean-Marc Bosman es muy conocido, pues a pesar de la modestia de su talento futbolístico, auxiliado por la justicia de las leyes laborales europeas logró en 1995 (y no sin pasar por los tribunales) conquistar para cientos de jugadores comunitarios la libertad frente a sus equipos. Con lo cual se demostró hasta qué punto en la "nueva" Europa los futbolistas profesionales en tanto ciudadanos miembros de la CE y las federaciones en tanto entidades públicas deben hacer valer de manera irrestricta todos los reglamentos que buscan proteger y otorgar justicia a los trabajadores. En las condiciones actuales de nuestra empobrecida América Latina una conquista laboral como esta por parte de los futbolistas es inimaginable. Sobre todo en tiempos neoliberales y de adelgazamiento estatal donde por revanchas consulares los países de nuestro continente, fragmentando paulatinamente a los habitantes, limitan hasta el absurdo la libertad de tránsito y de paso nos obligan al uso de caros y burocráticos pasaportes.
El caso del cambio de última hora en el estadio Víctoria de Aguascalientes (el "Efecto Skakira"), donde por un concierto de las caderas más globalizadas de Colombia el Gobernador del Estado obligó al Necaxa a regresar el pasado jueves al Estadio Azteca, no podía ser más sintomático. Se trató de un cambio quizá menor acontecido en etapa de Octavos, pero de que todas formas es una gran muestra del surrealismo (a lo García Márquez) que todos los días palpita al interior de la Libertadores. Una Copa en donde la dupla entre una cantante pop y un Gobernador no sólo pueden modificar sobre la marcha un plan de trabajo, sino donde la falta de respeto al público aficionado es una rutina de dueños y directivos. Una Copa donde los equipos mexicanos para fortuna del espectáculo han aceptado participar a costa de la injusticia y la inequidad en las condiciones de juego: con sorteos traicioneros, calendarios suicidas, grandes viajes aéreos, equipos que a falta del don de la ubicuidad periódicamente se tienen que clonar, directivos que practican el deporte de inventar obstáculos o árbitros que debajo de la máscara de la neutralidad esconden sus fieles adscripciones nacionalistas.
No cabe duda: la Champions y la Libertadores son mundos sbyacentes cuya singularidad no depende sólo de que ambos se erigen entre martes y jueves. En la Champions, con la majestuosidad de su estructura organizacional, con la verticalidad de su juego, el empuje de sus estrellas, la pasión de sus aficionados, la historia de sus clubes, el apego irrestricto a sus reglas, su maravillosa página web y los estadios iluminados hasta el éxtasis, asistimos a la confección de un show comercial de factura global que no sólo cumple funciones de entretenimiento sino también funciones cívicas coincidentes con las metas políticas, culturales y económicas de la Comunidad Europea. En cambio en la Libertadores, con la garra inocultable de sus encuentro, con la pericia de muchos de sus jugadores, con el encono nacionalista de sus enfrentamientos históricos, con el coraje verbal de sus narradores y la exigencia martirológica de sus periodistas, con sus disparejos estadios, con el canto apasionado de sus barras, con la desigualdad económica de sus equipos, con la conducta anti-bolivariana de sus federativos y directivos, con la comercialización y secuestro automovilístico de su bello nombre, asistimos a un show espectacular, alegre y atractivo que de-porta, libera y por momentos ayuda a millones de personas que viven al sur de Río Bravo a olvidar la trágica situación económica y política en la que estamos entrampados la mayoría de los latinoamericanos. Un mundo subyacente éste que alivia en el plano psíquico y que hace florecer la fiebre de las identidades pero que no instruye cívicamente ni empuja a nuestro sub continente a edificarse un horizonte mejor. Un mundo raro.